REFLEXIÓN
¿Quién eres? Tal interrogante guarda en sus líneas una inmensa importancia, ya que define nuestra existencia. Desde un punto de vista filosófico se diría que es una pregunta ontológica, que ante la incertidumbre suele generarnos conflictos con nosotros mismos, de alguna forma depositar nuestra confianza, nuestras virtudes o defectos, capacidades, etc.; en el entorno sin nosotros asumir el control, nos coloca en un juego donde el papel o rol es impuesto, mas no somos los productores de nuestra propia película.
Responder a tal cuestionamiento requiere tomar en cuenta el sentido de nuestra existencia, que implica guiarnos por un locus de control interno y no externo, que nos lleve a reflexionar sobre mis intereses, las cualidades, los aspectos a mejorar, los objetivos y metas; sin que estas se rigan por factores externos si no más bien sean fruto de contactar con nuestro yo interno. El autoconocimiento es el primer paso para desarrollar una alta autoestima, luego es necesario aprender aceptarnos y a vivir con autenticidad, como dijo Pìndaro: "Entérate lo que eres, y sé quién eres".
A continuación, les dejo el cuento de Jorge Bucay, espero que sea de su agrado.
¿QUIÉN ERES? - JORGE BUCAY
¿QUIÉN ERES? - JORGE BUCAY
Aquel día Sinclair se levantó como siempre a las 7 de la mañana. Como todos los días, arrastró sus pantuflas hasta el baño y después de ducharse se afeitó y se perfumó. Se vistió con ropa bastante a la moda, como era su costumbre y bajó a la entrada a buscar su correspondencia. Allí se encontró con la primera sorpresa del día: ¡No había cartas!
Durante los últimos años su correspondencia había ido en
aumento y era una parte importante de su contacto con el mundo. Un poco
malhumorado por la noticia de la ausencia de noticias, apuró su habitual
desayuno de leche y cereal (como recomendaban los médicos), y salió a la calle.
Todo estaba como siempre: los mismos
vehículos de siempre transitaban las mismas calles y producían los mismos
sonidos en la ciudad, que se quejaba igual que todos los días. Al cruzar la
plaza casi tropezó con el profesor Exer, un viejo conocido con quien solía
charlar largas horas sobre inútiles planteos metafísicos. Lo saludó con un
gesto, pero el profesor pareció no reconocerlo; lo llamó por su nombre pero ya
se había alejado y Sinclair pensó que no había alcanzado a escucharlo.
El día había empezado mal y parecía que empeoraba con las
posibilidades de aburrimiento que flotaban en su ánimo. Decidió volver a
casa, a la lectura y la investigación, para esperar las cartas que con
seguridad llegarían aumentadas para compensar las no recibidas antes.
Esa noche, el hombre no durmió bien y se
despertó muy temprano. Bajó y mientras desayunaba comenzó a espiar por la
ventana para esperar la llegada del cartero. Por fin lo vio doblar la esquina,
su corazón dio un salto. Sin embargo el cartero pasó frente a su casa sin
detenerse. Sinclair salió y llamó al cartero para confirmar que no había cartas
para él. El empleado le aseguró que nada había en su bolso para ese domicilio y
le confirmó que no había ninguna huelga de correos, ni problemas en la
distribución de cartas de la ciudad.
Lejos de tranquilizarlo, esto lo preocupó más
todavía.
Algo estaba pasando y él debía averiguarlo. Buscó una
chaqueta y se dirigió a casa de su amigo Mario.
Apenas llegó, se hizo anunciar por el
mayordomo y esperó en la sala de estar a su amigo, que no tardó en aparecer. El
hombre avanzó al encuentro del dueño de casa con los brazos extendidos, pero
este se limitó a preguntar:
-Perdón señor, ¿nos conocemos?
El hombre creyó que era una broma y rió
forzadamente presionando al otro a servirle una copa. El resultado fue
terrible: el dueño de casa llamó al mayordomo y le ordenó echar a la calle al
extraño, que ante tal situación se descontroló y comenzó a gritar y a insultar,
como avalando la violencia del fornido empleado que lo empujó a la
calle….Camino a su casa, se cruzó con otros vecinos que lo ignoraron o actuaron
con él como si fuera un extraño.
Una idea se había apoderado del hombre: había
una confabulación en su contra, y él había cometido una extraña falta hacia
aquella sociedad, dado que ahora lo rechazaba tanto como algunas horas antes lo
valoraba. No obstante, por más que pensaba, no podía recordar ningún hecho que
pudiera haber sido tomado como ofensa y menos aun, alguno que involucrara a
toda una ciudad.
Durante dos días más, se quedó en casa
esperando correspondencia que no llegó o la visita de alguno de sus amigos que,
extrañado por su ausencia, tocara su puerta para saber de él; pero no hubo
caso, nadie se acercó a su casa. La señora de la limpieza faltó sin aviso y el
teléfono dejó de funcionar.
Entonado por una copita de más, la quinta
noche Sinclair se decidió a ir al bar donde se reunía siempre con sus amigos,
para comentar las pavadas cotidianas. Apenas entró, los vio como siempre en la
mesa del rincón que solían elegir. El gordo Hans contaba el mismo viejo chiste
de siempre y todos lo festejaban como era costumbre. El hombre acercó una silla
y se sentó. De inmediato se hizo un lapidario silencio, que marcaba la
indeseabilidad del recién llegado. Sinclair no aguantó más:
-¿Se puede saber qué les pasa a todos conmigo?
Si hice algo que les molestó, díganmelo y se terminó, pero no me hagan esto que
me vuelve loco…
Los otros se miraron entre sí entre divertidos
y fastidiados. Uno de ellos hizo girar su índice sobre su sien, diagnosticando
al recién llegado. El hombre volvió a pedir una explicación, luego rogó por
ella y por último, cayó al suelo implorando que le explicaran por qué le hacían
eso a él.
Sólo uno de ellos quiso dirigirle la palabra:
-Señor: ninguno de nosotros lo conoce, así que
nada nos hizo. De hecho, ni siquiera sabemos quién es usted…
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos y
salió del local, arrastrando su humanidad hasta su casa. Parecía que cada uno
de sus pies pesaba una tonelada.
Ya en su cuarto, se tiró en la cama. Sin saber
cómo ni por qué, había pasado a ser un desconocido, un ausente. Ya no existía
en las agendas de sus corresponsales ni en el recuerdo de sus conocidos y menos
aún en el afecto de sus amigos. Como un martilleo aparecía un pensamiento en su
mente, la pregunta que otros le hacían y que él mismo se empezaba a hacer:
¿Quién eres?
¿Sabía él realmente contestar esta pregunta?
Él sabía su nombre, su domicilio, el talle de su camisa, su número de documento
y algunos otros datos que lo definían para los demás; pero fuera de eso: ¿Quién
era, verdadera, interna y profundamente? Aquellos gustos y actitudes, aquellas
inclinaciones e ideas, ¿eran suyos verdaderamente? ¿o eran como tantas otras
cosas: un intento de no defraudar a otros que esperaban que él fuera el que
había sido?
Algo empezaba a estar claro: el ser un
desconocido lo liberaba de tener que ser de una manera determinada. Fuera él
como fuera, nada cambiaría en la respuesta de los demás. Por primera vez en muchos días, encontró algo
que lo tranquilizó: esto lo colocaba en una situación tal, que podía actuar
como se le ocurriera sin buscar ya la aprobación del mundo.
Respiró hondo y sintió el aire como si fuera
nuevo, entrando en los pulmones. Se dio cuenta de la sangre que fluía por su
cuerpo, percibió el latido de su corazón y se sorprendió de que por primera vez
NO TEMBLABA.
Ahora que por fin sabía que estaba solo, que
siempre lo había estado, ahora que sabía que sólo se tenía a sí mismo, ahora…
podía reír o llorar… pero por él y no por otros.
Ahora, por fin, lo sabía: SU PROPIA EXISTENCIA
NO DEPENDÍA DE OTROS. Había descubierto que le fue necesario estar
solo para poder encontrarse consigo mismo… Se durmió tranquila y profundamente y tuvo
hermosos sueños….Despertó a las diez de la mañana, descubriendo que un rayo de
sol entraba a esa hora por la ventana e iluminaba su cuarto en forma
maravillosa. Sin bañarse, bajó las escaleras tarareando una
canción que nunca había escuchado y encontró debajo de su puerta una enorme
cantidad de cartas dirigidas a él.
La señora de la limpieza estaba en la cocina y
lo saludó como si nada hubiera sucedido.Y por la noche en el bar, parecía que nadie
había registrado aquella terrible noche de locura. Por lo menos, nadie se dignó a hacer algún
comentario al respecto. Todo había vuelto a la normalidad… Salvo él, por suerte, él, que nunca más
tendría que rogarle a otro que lo mirara para poder saberse… él, que nunca más
tendría que pedirle al afuera que lo definiera… él, que nunca más sentiría
miedo al rechazo…Todo era igual, salvo que ese hombre nunca más
se olvidaría de quién era.
Bucay, J. (2012). Cuentos para pensar. Ed. RBA Libros, España.
Link libro completo:
26 Cuentos para pensar - Jorge Bucay
26 Cuentos para pensar - Jorge Bucay

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